La siesta en la era
1950. La «sagrada siesta» del botijero, en 1950.
Con estos calores de verano, no es bueno trabajar en las horas de la siesta. Menos mal que siempre es posible encontrar alguna sombra salvadora para echar una cabezadita, con el botijo al lado
Deporte nacional. Un vendedor de botijos aprovecha las horas de la siesta para descansar sobre la acera de una calle de Madrid 111. EFE La Fototeca, julio de 1959
La siesta
San Sebastián, verano de 1911
Óleo sobre lienzo 200 x 201 cm
Museo Sorolla Madrid
LA SIESTA
Cantos de chicharra en el patio próximo a la habitación interior donde la abuela y yo dormíamos, solían distraerme antes de que mis pequeños ojos cayeran en una profunda somnolencia. Era el tiempo de siesta, tras una comida donde el mojete y las patatas al pelotón solían acompañarnos. El melón o la sandía eran siempre el postre al que solíamos recurrir, guardados en un pozo para mantener el frescor. Puedo recordar el líquido que fluía por mi boca junto a la rodaja de sandía. La abuela, pronto se levantaba, recogiendo los platos duralex, las cucharas y unos vasos de diferentes colores. Un pequeño bostezo la acompañaba al dejar los utensilios en el fregadero. Los cubría de agua y los dejaba nadando. Con pasos pausados y su leve cojera, me cogía de la mano. Era la hora de la siesta.
La pequeña habitación tenia dos camas, entonces me parecían enormes. Recuerdo un pequeño taburete de madera, “de ordeño”-decía la abuela-, que tenía pequeñas grietas por donde las hormigas solían pasar. A mí me gustaba llevarme a la cama un pequeño chusco de pan, me entretenía. La abuela siempre me regañaba, decía que las migas de pan son muy molestas, y además eran reclamo para esos insectos que durante el verano hacen acopio de todo alimento para pasar el invierno. Para evitar sus regañinas, me escondía el chusco de pan entre mis manos. Puño, puñete. La abuela se desprendía de su bata de lunares diminutos y se quedaba en enaguas. Unas enaguas de color beige, casi descolorido, bordeadas de unos encajes blanquecinos. Las piernas es lo único que pude llegar a ver de la abuela, y solo a la mitad. Mucha intención ponía en que no llegara a avistar las bragas. A mí me llamaba la atención el pudor que mostraba. Entonces cogía el pequeño taburete y me ayudaba a subir a la cama. Me quitaba el pequeño vestido de algodón y quedaba mi cuerpo al descubierto. Con destreza, apoyaba mi puño debajo de una almohada, posando el pequeño chusco de pan. Me daba un beso y entonaba aquellas palabras que tarde tras tarde, en aquellos veranos de mi infancia, parecían tener musicalidad: “Ahora a dormir, así espantamos el calor que está cayendo. Déjate de preguntas y a cerrar los ojos”. Sonreía. Era inútil su intento. Tras meterse en la otra cama, empezaba la retahíla de reclamos. “Abuela, ¿iremos después a por tortas?, abuela ¿tú cuándo eras pequeña también dormías”. La abuela intentaba que callase, a todo decía que sí, hasta finalmente soltar: ¡Cansina, que eres una cansina, cómo no te duermas ni tortas ni na! Entonces me callaba y me distraía con alguna mosca danzarina que entraba en escena. Cogía el chusco de pan y le hablaba, mientras el canto de las chicharras empezaba a entornar mis ojos. Poco a poco iba adentrándome en una ensoñación que parecía mágica, hasta caer rendida…
Las tardes de siesta de aquel tiempo pretérito que hoy, al escuchar el canto cimbreante de las chicharras, retorna a mí…
Texto: Rosa Delgado
FUENTE:
https://www.facebook.com/photo/?fbid=8491742494184505&set=a.1191898097502351
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©Pedro Pablo Romero Soriano RS
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