Aquella navaja - Pozo Cañada

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domingo, 22 de septiembre de 2024

Aquella navaja



Fotografia: La cerca. Vendedores ambulantes de navajas de Albacete

¿Sabías que en plena posguerra, cuando todo escaseaba en Albacete, la estación de tren se llenaba otra vez de hombres con el pecho cubierto de navajas relucientes?
Imagínate el andén abarrotado. El tren de Madrid o Alicante paraba unos minutos y, como por arte de magia, aparecían los cuchilleros del cinto: artesanos humildes, algunos con la ropa remendada, cargando al hombro o a la cintura aquellos pesados muestrarios de cuero llenos de navajas. Con la voz ronca de tanto pregonar y la mirada viva, soltaban el clásico: “¡Navajas de Albacete! ¡Las mejores del mundo, caballero!” En los años 40 y 50, la posguerra fue durísima. Muchos talleres pequeños apenas sobrevivían, pero la estación se convirtió en tabla de salvación. Incluso obreros de la construcción o empleados de Renfe que libraban se colgaban un cinto y salían a vender. Había tanta gente que a veces no cabían en el andén. La compañía tuvo que poner normas: turnos, máximo ocho vendedores oficiales… pero la realidad era otra. El hambre y la necesidad empujaban a más. Dato real: La tradición de los vendedores de cinto ya existía desde el siglo XIX, pero alcanzó uno de sus momentos más intensos y masivos precisamente en la posguerra. Fue entonces cuando la estación vivió su mayor saturación de cuchilleros ambulantes, según los testimonios de la época y de los últimos navajeros. Aquellos hombres no solo vendían acero. Vendían dignidad, ingenio manchego y una forma de sacar adelante a la familia en tiempos muy duros. Esa misma astucia y orgullo es la que hoy vemos en el Monumento al Cuchillero del Altozano

Escultura homenaje a los antiguos vendedores de navajas y cuchillos. En Plaza del Altozano (Albacete)

Albacete, vendedores de navajas (1940-1950). Tarjeta postal L. Roisin. Centro de Estudios de Castilla-La Mancha

Niños y muchachos trabajando en una fábrica de navajas en Albacete, 1915. Sin datos de autor. Del libro Memoria y Realidad de Castilla-La Mancha


AQUELLA NAVAJA

Éramos como la mayoría.
Una familia pobre de artesanos.
Mi madre repartía la fuente del guisado por los platos...
...el buen pan de La Roda mi padre hacía pedazos.
El pan grande en el pecho, la navaja en la mano.
Servía la navaja para todo,
para sacarle punta al tranco,
para afilar el lápiz, para el corcho rebelde,
para el tocino magro.
para mondar naranjas,
para mojar la sopa en caldo,
para pelar patatas, arreglar el gazapo.
Cortar el nudo, desplegar la caja
y poner un cartón a los zapatos,
echar la sal al huevo y cortar a la vid el primer ramo,
para pelar la vara del camino,
y poner nuestros nombres en un árbol.
Navaja de mi padre, ¡cuántas cosas hacías en su mano!
Cada Feria veníamos padre e hijo
cogidos de la mano,
comíamos en la Cuerda,
junto al carro con toldo de un paisano,
la merienda que madre preparaba
y después de los toros,
padre compraba turrón blando,
que era el que ella quería,
pero siempre el feriado
fue renovar la fiel navaja.
Años después, llevé yo solo el turrón blando.
Ahora ya se fueron los dos,
más compro la navaja y me la guardo.
Quizá esta Feria un hijo mío
me compre una navaja de regalo.






FUENTES:
Letra: Juan José García Carbonell
Fotografia: La cerca. Vendedores ambulantes de navajas de Albacete de mediados del siglo XX.


 



















©Pedro Pablo Romero Soriano RS

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