Ese huevo frito de la Mama María no era un desayuno cualquiera; era puro amor en forma de puntilla crujiente y yema dorada. Cocinado a fuego lento en esa sartén vieja que guardaba el secreto de mil mañanas, siempre salía perfecto, listo para mojar un buen trozo de pan.
©Pedro Pablo Romero Soriano RS





No hay comentarios:
Publicar un comentario