El huevo frito de una abuela no es sólo comida, es puro amor comestible. Con sus bordes dorados y crujientes (la puntilla perfecta) y una yema templada lista para mojar pan, representa el refugio, la infancia y esa cocina sin prisas donde el ingrediente secreto siempre fue el cariño.
Ese huevo frito de la Mama María no era un desayuno cualquiera; era puro amor en forma de puntilla crujiente y yema dorada. Cocinado a fuego lento en esa sartén vieja que guardaba el secreto de mil mañanas, siempre salía perfecto, listo para mojar un buen trozo de pan.
©Pedro Pablo Romero Soriano RS






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